Contenido de ejemplo: este artículo es de muestra, no es información real de la ciudad.
A las seis de la mañana bajo el plástico
El invernadero es el otro motor de esta ciudad y el que menos se enseña. Quien corta, quien manipula y quien sube la caja al camión explican de qué depende la campaña.
Dentro de un invernadero, a las seis de la mañana de un día de campaña, no hay silencio. Hay plástico crujiendo, radio bajita, tijeras y una conversación en tres idiomas.
Fuera aún no ha amanecido del todo. Dentro ya lleva media hora trabajándose.
El paisaje que no sale en las fotos
Roquetas tiene faro, castillo y quince kilómetros largos de costa. También tiene un mar de invernaderos que ocupa buena parte del término. Lo primero se enseña; lo segundo se mira desde la carretera y se pasa de largo.
Es un error. El plástico define esta ciudad tanto como el mar. Aquí se fue pionero en el enarenado y en cubrir con plástico cuando en media provincia todavía se dudaba. De ahí salieron trabajos, comercializadoras, semilleros, talleres de estructuras, empresas de riego, transporte frigorífico, control biológico. Una industria entera colgando de una hortaliza.
Y de ahí salió, sobre todo, población. Buena parte de la gente que hoy convive en el municipio llegó por la finca.
La campaña, explicada por quien la hace
Pregunta cómo va el año y nadie te habla de toneladas. Te habla del precio.
El trabajo es el mismo se pague a cuarenta céntimos que a uno veinte. La diferencia es si al final del mes te sale la cuenta.
Lo dice un agricultor de Cortijos de Marín que lleva pimiento y calabacín. Ese es el nervio del sector: los costes son fijos y el precio en subasta es una montaña rusa. Una semana buena tapa un mes malo. Una racha de precio bajo con calor de más y ya está la campaña tocada.
El trabajo, mientras, se reparte en cadena:
- El corte. De madrugada, a mano, dentro del invernadero. Calor y humedad todo el año.
- El almacén. Ahí llega la caja y empieza la manipulación: selección, categoría, confección.
- La comercializadora. Donde se vende, se marca precio y se decide destino.
- El camión. Frigorífico, y a Europa. Lo que se corta hoy puede estar el jueves en un lineal alemán.
Entre medias hay gente que encadena temporadas, gente que compagina la finca con la hostelería en verano, y familias que llevan dos generaciones en el mismo almacén.
Lo que preocupa de verdad
En las conversaciones se repiten cuatro cosas, y ninguna es la que suele salir en el telediario.
El agua, la primera. Sin desalación y sin un uso muy medido, aquí no hay campaña que aguante. Es el asunto de fondo de todo el Poniente y se habla de él con una naturalidad que sorprende al de fuera.
El relevo, la segunda. Hay fincas cuyos dueños pasan de sesenta años y ningún hijo que quiera seguir. Cada vez más tierra acaba arrendada o en manos de estructuras grandes.
El plástico usado, la tercera. Se recoge, se recicla, pero el volumen es enorme y la imagen pesa.
Y la mano de obra, la cuarta. Encontrar gente para cortar es más difícil cada año, y quien la encuentra sabe que buena parte del futuro del sector se juega en cómo se trate a esa gente.
Un motor que casi nadie visita
Lo raro de todo esto es la distancia. Un vecino de Aguadulce puede pasarse la vida sin entrar nunca a un invernadero, aunque tenga uno a diez minutos de casa.
El campo de aquí no es un decorado ni una postal. Es el turno de noche de la ciudad. El que empieza cuando el paseo marítimo todavía está vacío y termina cuando el resto sale a desayunar.