Saltar al artículo
Portada La Semana de Roquetas de Mar

Contenido de ejemplo: este artículo es de muestra, no es información real de la ciudad.

Actualidad Reportaje

Roquetas creció por los bordes y aún no se ha presentado

Seis núcleos que se dan la espalda, calles que terminan en plástico y vecinos que llevan años aquí sin haber pisado el castillo. Retrato de una ciudad hecha a trozos.

Elena Sáez Villanueva sábado, 15 de agosto de 2026 3 min de lectura
Donde se acaba la acera empieza la finca: el borde exacto de la ciudad, en El Parador.

En El Parador hay una calle que se acaba de golpe. Acera, farola, contenedor amarillo. Y detrás, el plástico. Un metro más allá empieza una finca de pimiento y ya no hay ciudad.

Esa frontera se repite por todo el municipio. En Las Marinas, en Campillo del Moro, en los bordes de Cortijos de Marín. Roquetas no ha crecido desde un centro hacia fuera, como los pueblos de manual. Ha crecido por los lados, a manchas, cada una con su propio ritmo y su propia gente.

Seis pueblos con un solo nombre

Pregunta a alguien de Aguadulce dónde va el domingo y te hablará de la capital, del paseo, del puerto deportivo. Pregunta lo mismo en El Parador y te hablará de la finca, del almacén, de San Isidro. Están a diez minutos en coche y funcionan como dos municipios distintos.

El casco antiguo tiene el puerto, el castillo y el faro. La Urbanización tiene los hoteles y Playa Serena. Las Marinas es casi todo obra de los últimos quince años. Campillo es residencial puro: bloques nuevos, colegios llenos, ni un bar viejo.

Nadie diseñó esto. Fue pasando.

Yo llevo aquí ocho años y todavía no sé bien dónde está el centro. Para mí el centro es mi calle.

Lo dice una vecina de Las Marinas mientras espera el autobús. Tiene cuarenta y pocos, trabaja en una manipulación y llegó buscando trabajo. No es un caso raro: es el perfil mayoritario de los últimos veinte años.

Lo que se nota cuando la ciudad crece por los bordes

Crecer rápido no se nota en las estadísticas. Se nota en cosas pequeñas, todos los días:

  • Las líneas de autobús tardan más en llegar a los barrios nuevos que las viviendas.
  • Los colegios de las zonas de expansión van siempre un curso por detrás de la demanda.
  • Hay calles urbanizadas que dan a caminos de tierra sin luz.
  • Los servicios de barrio (panadería, farmacia, un bar donde parar) aparecen años después que los pisos.
  • Y hay gente que lleva media vida aquí sin haber entrado nunca al Castillo de Santa Ana.

Ese último punto es el que más se repite cuando preguntas por la calle. El patrimonio está en el casco, y buena parte de la ciudad nueva no baja al casco salvo en feria.

El barrio como primera respuesta

Hay una prueba sencilla. Pregunta a cualquiera de dónde es y casi nadie dice "de Roquetas" a secas. Dice "del Parador", "de la Urba", "de las 200". El municipio es la etiqueta administrativa; el barrio es la identidad.

Eso no es malo. Que cada núcleo tenga su fiesta, su patrón y su gente es una riqueza que otras ciudades del mismo tamaño perdieron hace décadas. San Isidro en mayo, San Antonio en junio, la Virgen del Mar en julio: el calendario de aquí es un mapa disfrazado de santoral.

El problema aparece cuando esa identidad de barrio se convierte en desconexión. Cuando el vecino de Aguadulce no sabe qué se decide para El Parador. Cuando en la Urba, en enero, media urbanización está a oscuras y nadie del centro la pisa.

La pregunta pendiente

Una ciudad con más de cien mil habitantes y gente llegada de medio mundo no puede seguir contándose a sí misma como un pueblo grande con casas nuevas. Ya no lo es.

La conversación que falta no va de metros cuadrados. Va de si estos seis o siete trozos van a acabar siendo una ciudad, o si van a seguir siendo vecinos que comparten código postal y poco más.

Mientras tanto, en El Parador, esa calle sigue terminando en el plástico. Y al otro lado alguien empieza a cortar a las seis de la mañana.

#barrios#urbanismo#el parador#identidad
¿Te ha gustado? Pásalo

Sigue leyendo