Contenido de ejemplo: este artículo es de muestra, no es información real de la ciudad.
Cuatro grupos, una nave sin ventanas y tres bolos al año
El teatro grande trae las giras nacionales. La música que se hace aquí ensaya en polígonos, toca versiones en terrazas y se disuelve cuando uno deja de pagar el local.
En Roquetas la cultura tiene una puerta grande y muchas puertas pequeñas. La grande es el Teatro Auditorio: más de mil butacas y programación de gira nacional. Lo demás pasa en sitios sin cartelería, sin taquilla y casi siempre sin cobrar.
Ese "lo demás" es la escena local. Y existe, aunque no salga en ningún folleto.
Se ensaya entre almacenes de manipulado
La sala de ensayo típica del municipio no es una sala de ensayo. Es media nave alquilada en un polígono, con paneles de espuma pegados con silicona y un aire acondicionado que no da abasto en julio. Al lado hay un almacén de manipulado, un taller de estructuras o una empresa de riego. A las diez de la noche el polígono está vacío y nadie se queja del volumen. Ese es todo el criterio de selección.
La cuenta suele salir a cuatro. Cuatro músicos que ponen algo menos de cien euros al mes cada uno y ensayan dos días por semana. Si uno lo deja, el local se cae. Es la razón número uno por la que se disuelven los grupos aquí, muy por encima de las diferencias artísticas.
El calendario manda más que el talento
La estacionalidad marca la escena igual que marca la hostelería. De junio a septiembre hay bolos: terrazas del paseo de Aguadulce, chiringuitos de Playa Serena, hoteles de la Urba, mercadillo de artesanía del puerto deportivo en las noches de verano, fiestas de barrio con escenario montado en una plaza. De noviembre a marzo, casi nada.
Eso deforma el repertorio. Un grupo que quiere trabajar en verano acaba metiendo versiones, porque el hotel paga las versiones y no paga los temas propios. Muchos llevan dos vidas: la banda de bolos que da de comer y el proyecto propio que se toca tres veces al año delante de sesenta personas.
Tenemos disco. Lo hemos tocado entero dos veces. El resto del año hacemos versiones en una terraza.
Y luego está la música que nadie llama escena y lo es: las bandas de cornetas y tambores que ensayan de enero a Semana Santa por las calles del barrio, las agrupaciones de carnaval, los coros, las escuelas de baile con su función de fin de curso. Ahí hay más gente tocando y ensayando que en todos los grupos de rock del municipio juntos.
El teatro va por otro camino
El teatro aficionado local se organiza distinto. Los grupos se juntan alrededor de asociaciones vecinales, centros sociales y clubes de mayores, ensayan de octubre a mayo y estrenan una o dos funciones. Público: familia, amigos y vecinos, que ríen antes del chiste porque conocen al que lo cuenta.
Lo que suele faltar es lo mismo de siempre:
- Un espacio intermedio: entre la nave del polígono y el teatro grande no hay casi nada.
- Fechas de invierno, cuando la ciudad está a media luz y hay ganas de plan de interior.
- Que un cartel llegue más allá del grupo de WhatsApp de los propios participantes.
Lo que sí funciona
El patio del castillo en verano, con aforo corto y buen sonido. Los ciclos que combinan un nombre conocido con un grupo de aquí, que es la única manera de que el de aquí toque delante de gente que no es su cuñado. Y los bares del puerto que programan sin pretensiones un sábado al mes.
"Con que haya seis fechas buenas al año, el grupo se mantiene", resume el bajista de una banda de Aguadulce que lleva ocho años en activo. Seis fechas. No parece mucho pedir en una ciudad de más de cien mil habitantes.