Contenido de ejemplo: este artículo es de muestra, no es información real de la ciudad.
El paseo cambia de dueño cinco veces al día
A las siete es un tartán para los que corren. A las nueve de la noche no cabe una bici. Nadie ha escrito ese reparto de turnos y todo el mundo lo respeta.
El paseo marítimo no es una infraestructura. Es un horario. La misma losa que a las siete de la mañana es pista de entrenamiento, a las nueve de la noche es un pasillo de familias donde no cabe una bici. Y todo el mundo sabe cuándo le toca a quién, aunque nadie lo haya escrito nunca.
Un día entero, por tramos.
Antes de las ocho: los que van a lo suyo
Empiezan los andarines. Grupos de tres o cuatro, casi siempre los mismos, casi siempre a la misma altura. Se saludan por nombre. Cruzan con los que corren, que van en sentido contrario para no chocar y porque siempre se ha hecho así.
A esa hora el paseo huele a mar y a pan. Los bares del tramo del puerto ya tienen la persiana a media altura y el primer café servido a alguien que viene de descargar. En verano hay quien se mete al agua antes de fichar; en enero, quien camina con plumífero y aun así se para a mirar el faro.
De diez a dos: territorio de carritos
Llegan los abuelos con los nietos, los turistas de estancia larga que caminan en pantalón corto en pleno noviembre, y los grupos de pádel o de petanca que van o vuelven. Es la franja más lenta del día. Se ocupan los bancos por sistema: los de sombra primero, siempre.
En Aguadulce el ritmo es distinto. Allí el paseo tiene más ciudad detrás y más prisa: la gente lo usa como calle, no como plan.
Yo sé qué hora es por quién pasa. Si veo a las del grupo de las mallas verdes, son y diez.
La siesta corta y el vacío de las cinco
Hay una hora rara, entre las tres y las cinco, en la que el paseo se queda para los gatos y para el que ha decidido que le da igual el sol. En julio ni eso: se ve el vaho subiendo de la losa y solo aguantan los chiringuitos.
Es, curiosamente, la mejor hora para verlo bien. Sin gente se nota lo que normalmente tapa la gente:
- Las farolas que llevan meses con el cristal roto y nadie mira.
- Los tramos donde la arena ha ganado terreno y se come el borde.
- Qué locales aguantan todo el año y cuáles solo levantan la persiana de mayo a septiembre.
De ocho a medianoche: el paseo lleno
Aquí es cuando el paseo hace lo que sabe hacer. Salen las familias, se ocupan las terrazas, aparecen los patinetes, los puestos de bisutería, el hombre del algodón de azúcar. En verano, el mercadillo de artesanía del puerto deportivo se convierte en el destino de mucha gente que sale de casa sin saber muy bien a qué.
Los adolescentes tienen su tramo. Los mayores, el suyo. No se mezclan y no hace falta.
Y luego está el rato final, el de la una: cuatro grupos dispersos, el ruido del agua otra vez audible, y algún trabajador de hostelería sentado en el bordillo fumándose el cigarro del cierre. Ese es el momento en que el paseo vuelve a ser de quien lo trabaja.
Lo que sí se nota
Dos cosas que se repiten en cualquier conversación de banco. Una: cada obra en el paseo se vive como algo personal, porque afecta a la rutina diaria de miles de personas que no van a la playa, van al paseo, que no es lo mismo. Y dos: el conflicto eterno entre bicis, patinetes y peatones a la hora punta, que ningún cartel ha resuelto todavía.
Quien quiera entender Roquetas en dos horas que no vaya al castillo. Que se siente en un banco del paseo a las siete de la tarde y espere.