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Portada La Semana de Roquetas de Mar

Contenido de ejemplo: este artículo es de muestra, no es información real de la ciudad.

Gente Retrato

Elena corta el pelo y traduce las cartas del médico

Llegó de Rumanía con veintitrés años y empezó en la cinta de un almacén. Hoy tiene un local en 200 Viviendas donde se arreglan más papeles que flequillos.

Cristina Fuentes domingo, 9 de agosto de 2026 3 min de lectura
La silla de la puerta no es para esperar turno: es donde se leen los papeles del barrio.

El local no tiene nombre en la fachada. Solo unas tijeras pintadas en el cristal y un horario escrito a rotulador que nadie cumple del todo, porque si entras a y cuarto igual te atiende y si vienes un lunes por la tarde también.

Dentro hay dos sillones, un secador viejo de casco, un calendario de una comercializadora de hortalizas y una silla de plástico junto a la puerta que no es para esperar turno. Esa silla es para lo otro.

Del almacén a la peluquería

Elena llegó a Roquetas con veintitrés años y una maleta. Su primer trabajo fue el mismo que el de casi todo el mundo que llegaba entonces: el almacén, la cinta, el pimiento, ocho horas de pie con el jersey puesto porque allí dentro hace frío en agosto.

Estuvo nueve años. Cortaba el pelo los domingos en la cocina de su casa, primero a las compañeras del turno y luego a las vecinas de las compañeras. Cobraba poco y a veces no cobraba. Cuando el boca a boca empezó a llenarle los domingos enteros, hizo cuentas y alquiló el local. "Yo no abrí por vocación", dice. "Abrí porque no me cabía la gente en la cocina".

De eso hace ya bastante. Sus hijos nacieron aquí, hablan andaluz cerrado y no se acuerdan de Rumanía.

Lo que de verdad se hace en esa silla

La silla de plástico junto a la puerta es donde se sientan los que no vienen a cortarse el pelo. Elena habla rumano, español y se defiende en un inglés de temporada alta, así que el barrio la usa para lo que el barrio necesita:

  • Entender una carta del centro de salud o una cita de especialista.
  • Rellenar un formulario del colegio.
  • Llamar por teléfono a una compañía y aguantar la espera por otro.
  • Leer un contrato de alquiler antes de firmarlo.
  • Explicarle a una señora mayor, en voz muy alta, qué le han puesto en el papel del banco.

No cobra por nada de eso. Lo hace mientras aclara un tinte, con las manos en la cabeza de otra persona y el papel apoyado en el mueble. Cuando llega alguien con un sobre en la mano, la clienta del sillón se calla sola. Hay un código.

Yo no soy gestora ni soy nada. Es que si no lo leo yo, esa señora firma lo que sea.

Un termómetro del barrio

En una peluquería de barrio se entera uno de todo antes que en ningún sitio. Elena sabe cuándo la campaña viene floja porque las clientas espacian las visitas: de cada tres semanas a cada cinco, y el tinte se cambia por un retoque de raíces. Sabe qué familias se van a mudar antes de que lo sepan los caseros. Sabe qué chaval ha dejado el instituto.

También sabe que agosto es su peor mes, aunque la ciudad esté a rebosar. "Aquí el turista no entra. El turista se corta el pelo en su casa antes de venir". Sus meses buenos son septiembre, diciembre y la semana antes de la feria de octubre, cuando en 200 Viviendas no hay una cabeza sin arreglar.

A la pregunta de si se ve volviendo, se ríe y sigue con el peine.

"Yo llevo aquí más años que allí. Mis hijos son de aquí. Y el pelo se corta igual en todas partes, lo que cambia es lo que te cuentan mientras".

A las ocho baja la persiana. Encima del mueble quedan tres sobres sin abrir que ha dejado un vecino esta tarde. Los mira, los aparta y apaga la luz. Mañana, entre corte y corte.

#200 viviendas#retrato#barrio#comercio de barrio
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