Saltar al artículo
Portada La Semana de Roquetas de Mar

Contenido de ejemplo: este artículo es de muestra, no es información real de la ciudad.

Comercio Comercio local

La tienda de barrio ya no compite en precio, compite en recados

Seis tornillos sueltos, una cremallera cambiada y un paquete guardado detrás del mostrador. Lo que sostiene a los pequeños no aparece en ningún ticket.

Marta Villegas jueves, 6 de agosto de 2026 3 min de lectura
Mercería del centro a media mañana: lo que se vende aquí es criterio, no catálogo.

Las persianas del centro suben antes que el sol de agosto. A las nueve y media, la calle que baja hacia el puerto huele a pan y a cartón mojado del reparto. Una ferretería, una mercería, dos fruterías, un estanco. Ninguna tiene aparcamiento propio. Casi todas llevan más de veinte años abiertas.

A quince minutos en coche, en la zona de las grandes superficies, el decorado es el contrario: aparcamiento gratis, aire acondicionado y puertas abiertas hasta la noche. En julio y agosto, con la ciudad doblada de gente, esa diferencia pesa más que nunca.

La pelea no es por el precio

Preguntarle a un comerciante de barrio si compite en precio es perder el tiempo. Ninguno de los que atienden a esta revista dice que sí. Todos dicen lo mismo: que compiten en otra cosa y que esa otra cosa no sale en el ticket.

  • Cantidad: seis tornillos sueltos en lugar de la caja de cien.
  • Criterio: alguien que mira la tela y te dice qué hilo necesitas.
  • Arreglo: cambiar la cremallera en vez de cambiar el bolso.
  • Recado: guardarte un paquete, quedarse la llave, avisarte cuando entra el género.
  • Confianza: llevártelo hoy y pagarlo el viernes, sin aplicación de por medio.
Aquí no vendemos barato, vendemos que no tengas que volver dos veces

Es una frase que resume bien el negocio. También explica su fragilidad: casi todo lo que ofrecen es trabajo humano, y el trabajo humano no se descuenta en una promoción de fin de semana.

Cada núcleo, su comercio

Roquetas no tiene un centro, tiene varios, y el comercio se comporta distinto en cada uno.

En El Parador, la vida comercial va al ritmo del campo: se compra temprano, antes de entrar a la finca, y se vuelve a comprar a media tarde, al salir del almacén. Allí sobreviven negocios que en otro barrio no tendrían sentido, desde el taller que suelda una estructura hasta la tienda de ropa de trabajo.

En Aguadulce, el comercio convive con el paseo y con el puerto deportivo. Es más de escaparate, más de tarde, más de gente que sale a andar y entra a mirar.

En Las Marinas y en la Urbanización, la temporada lo decide todo. En agosto no cabe un alma en la acera de Playa Serena; en enero media calle está con la persiana echada, y quien aguanta abierto lo hace con el vecino de todo el año, no con el turista.

Y los jueves, el mercadillo. Cientos de puestos que durante unas horas son el mayor comercio del municipio. Muchos tenderos con local fijo no lo viven como una amenaza: dicen que el jueves también entra gente en la tienda, porque el que sale a comprar sale a comprar.

Lo que se va cuando baja una persiana

Cuando cierra una tienda de barrio no desaparece solo un punto de venta. Desaparece una luz encendida en una calle, un sitio donde preguntar y una parada intermedia entre casa y el coche.

Los comerciantes consultados coinciden en tres peticiones sencillas y nada épicas: carga y descarga que se respete, aceras que no se conviertan en obra permanente en temporada alta, y relevo. Lo tercero es lo difícil. Varios de estos negocios los llevan personas que rondan los sesenta y que, cuando se les pregunta quién seguirá después, se encogen de hombros.

Mientras tanto, siguen abriendo a las nueve y media. Antes que el sol.

#comercio#barrios#mercadillo
¿Te ha gustado? Pásalo

Sigue leyendo