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Portada La Semana de Roquetas de Mar

Contenido de ejemplo: este artículo es de muestra, no es información real de la ciudad.

Deporte Deporte de base

El deporte de base se mide en furgonetas, no en trofeos

Tres tardes de entrenamientos, un sábado de desplazamiento y una plantilla que se cae a los catorce años. Así se sostiene la cantera de este municipio.

Julián Aparicio martes, 11 de agosto de 2026 3 min de lectura
La grada de un entrenamiento cualquiera: siempre las mismas caras y siempre a la misma hora.

El deporte de base de una ciudad no se mide en trofeos. Se mide en cuántas familias pueden sacar el coche un sábado a las ocho de la mañana para llevar a seis críos a jugar fuera, y en cuántas pueden pagar cuota, equipación y gasolina sin hacer cuentas raras a final de mes.

En Roquetas hay muchísimo crío jugando. Balonmano, fútbol, baloncesto y, en cuanto aprieta el calor, vóley playa. Los pabellones y los campos están llenos de lunes a viernes por la tarde, con dos y tres equipos compartiendo pista mientras esperan turno. En las gradas, siempre las mismas caras.

Una tarde normal, contada por horas

Así es la tarde tipo de una familia de El Parador con dos hijas en categorías distintas:

  • 17:30 — recogida en el colegio y merienda dentro del coche.
  • 18:00 — dejar a la mayor en el entrenamiento y esperar en la puerta.
  • 19:15 — cruzar medio municipio para llegar a la otra pista.
  • 21:00 — cena tarde, mochilas al lavadero y a repetirlo mañana.

Multiplica eso por tres tardes a la semana y súmale el sábado. Ninguna de esas horas aparece en ninguna clasificación.

Lo que hacen los padres además de mirar

En los clubes pequeños del municipio la frontera entre familia y organización no existe. Hay madres que llevan las inscripciones y las licencias porque alguien tiene que llevarlas. Padres que montan el marcador, que hacen de segundo entrenador sin haber pisado un curso, que compran el hielo. Gente que se pide la mañana libre para conducir hasta un pueblo del interior y volver a comer.

Yo de táctica no entiendo nada. Yo entiendo de lavadora, de gasolina y de que la niña llegue a casa contenta.

Y luego está la parte incómoda: la banda. Todo el mundo conoce al padre que corrige al árbitro cada dos jugadas y al que le dice a su hijo, a gritos, lo que tiene que hacer con el balón. Los entrenadores de base llevan años repitiendo lo mismo con paciencia de santo. En una pista de benjamines, el silencio de los adultos es una forma de entrenamiento.

El agujero de los catorce años

El deporte de base de aquí tiene un problema que no es de aquí, es de todas partes. A los catorce o quince años se cae media plantilla. Aparecen los exámenes, el instituto en otro barrio, el primer trabajo de verano en la hostelería y las ganas de estar los sábados en cualquier sitio menos en un vestuario. Los clubes intentan retenerlos con equipos B, con horarios más cómodos, con lo que sea. No siempre se puede.

Los que aguantan suelen contarlo igual: siguieron porque el grupo era bueno, no porque el equipo ganara. Eso da una pista bastante clara de dónde hay que poner el esfuerzo.

Agosto, el mes en que se ve entero

Hay una semana al año en la que todo esto se ve de golpe: la del deporte abierto de mediados de agosto. Pistas abiertas, un montón de disciplinas repartidas por el municipio, gente que no ha jugado nunca a balonmano probando un rato, familias enteras apuntadas a la misma actividad. No hay nivel mínimo y no hace falta federarse. Es la mejor foto que se hace la ciudad de sí misma en todo el año.

Lo demás, los otros once meses, pasa sin foto. Pasa en un campo de tierra a las siete de la tarde, con una madre esperando en el coche con el motor apagado y la ventanilla bajada, mirando el reloj para ver si le da tiempo a llegar al otro entrenamiento.

#deporte base#familias#balonmano#cantera
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